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NIEVE EN LA SIERRA

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Puntas de corona blanca forma la nieve.

Sobre montes  verdinegros

el santuario se yergue;

entre los valles de encinas,

 Se tiende su alfombra verde.

 Viendo a la Virgen el Jándula

entre jaras se entretiene.

Cabezo,  paz y silencio,

calor devoto en diciembre.


   Tiene la sierra un encanto especial en todas las estaciones, aunque la imágenes primaverales son las que casi todos los devotos y romeros recuerdan con más fidelidad: el camino rodeado de flores, el intenso verdor de las plantas en abril, la luz y el color inigualables de la sierra y la campiña en esos días. Después llega el verano con sus calores y brisas, la madurez de los frutos silvestres y los rebaños por los valles serreños, recuerdo vivo del que cuidaba Juan de Rivas, que pasó por estos senderos en  los días anteriores a la fecha de la aparición, día caluroso y noche estrellada, salpicada con las ráfagas luminosas de las estrellas fugaces que en esos días son especialmente abundantes. Pasa después el suave otoño, plagado de hierbas amarillas y encinas ennegrecidas por el contraste con esos tonos otoñales de oro viejo. Son días en los que el Jándula baja reducido a su mínimo caudal, en espera de que las lluvias de octubre den nueva viveza y poderío a su curso, rezando todos porque no sea una tormenta la que desboque las aguas del río, tan destructoras que cuando el puente era de madera lo arrastraron consigo en muchas ocasiones.
 

    El final del otoño trae frío y mucha humedad a la sierra, pero no son abundantes las nevadas, sobre todo en los valles bajos. Casi siempre se coronan de blanco las cimas de los montes, destacando a lo lejos como puntas de una corona blanca que rodea el santo Cerro del Cabezo, como ha ocurrido el 14 de diciembre pasado, día frío y de precipitaciones abundantes que cuajaron blancas entre los frondosos encinares de las cimas montañosas, estampa de belleza inigualable, como todas las de Sierra Morena, que nos estremece con su frío y los tonos grises de las peladas alamedas de los arroyos, pero la vibrante cima rocosa del Cabezo sigue inmutable, con la luz de esperanza que emana el Santuario. Entonces, el viajero piensa que, al fin y al cabo, estos son los ritmos de la naturaleza y que muy pronto, en abril, los barrizales, grises arboledas, lluvias y  nevadas de los últimos días del inestable otoño darán paso a las veredas secas y al canto de luz y color, sin fin ni principio, que la naturaleza ofrece a la Morenita cuando el sol de finales de marzo se eleva cálido para alumbrar las doradas piedras de Santuario.

                                  

                                                                                                    Un cofrade viajero.