YA ES PRIMAVERA EN LA SIERRA
El día amaneció de un azul clarísimo. La temperatura era tan agradable que el viajero escuchó atentamente, casi seguro de que entre el piar trepidante de los gorriones iba a escuchar el canto de alguna golondrina de las que anidan cada año en su calle, una de las más antiguas de Torredonjimeno. Pero no, nada de golondrinas todavía, aunque seguro que tardan poco, estarán preparándose para atravesar África y llegar exactamente los aleros o las cámaras en las que pasaron el verano pasado, qué misterio, con lo grande que es el mundo.
La animación en la calle no era grande, sábado por la mañana, día soleado y relativo silencio en las calles son elementos que invitan a quedarse un rato más en la cama, leyendo o escuchando la radio. A pesar de eso se había levantado y calzado unas zapatillas deportivas. Salió y se dirigió al bar "Rajao" a tomar café con unos tallos riquísimos. Después de cambiar unas palabras con los clientes en la barra se dirigió al camino del cementerio y pasó junto al pilar, que reflejaba en sus aguas tranquilas la imagen de la Virgen como si de un espejo se tratara. Siguió hasta el final de las naves de talleres y almacenes, de forma que en dos o tres minutos estaba ya en medio de los olivares. Entonces se dio cuenta: la primavera estaba muy, muy cerca. La hierba tiene un tono más oscuro y vivo, sobre todo en un año como éste, tan lluvioso, qué alegría, qué bien que llueva mucho en esta tierra nuestra que siempre está esperando que unas gotas refrescantes humedezcan los suelos secos, angustiosamente secos muchas veces. Miró entonces hacia Torredelcampo y el terraplén de la vía. A lo lejos se distinguía perfectamente una serie de manchas blancas sobre el verde intenso del antiguo tendido del ferrocarril: eran los almendros, plantados hace ciento veinte años por los obreros que trabajaban en aquella obra gigantesca para la época, con sus puentes de hierro y sus túneles, todo un reto.
Siguió caminando y pensó que también en la sierra es ya primavera, o casi, los pinos parecen más alegres, las aguas más claras, el puente sobre el Jándula más ancho, los jardines de Las Viñas menos tristes, a punto ya de iniciar la explosión de vida, luz y color que llega con las vísperas de la fiesta de la Morenita, que ya está a la vuelta de la esquina: dos meses se pasan en un pispás, parece que fue ayer Navidad y han pasado ocho semanas, esto del tiempo es un timo y antes de que te des cuenta ha pasado un año, y otro, y otro. Bueno, ya se verá, más vale no pensar en eso.
Ha llegado a la puerta del camposanto y se detiene un momento para rezar el clásico padrenuestro, hay que ver la de devotos de la Virgen de la Cabeza que hay ahí dentro, la cantidad de imágenes colocadas sobre las tumbas, las oraciones que han rezado los peregrinos delante de esta puerta, y antes en la del panteón viejo, justamente donde está ahora el pilar. Bueno, sigamos.
Al llegar a las Piñuelas las primeras florecillas le salen al paso y ya no puede quitarse de la cabeza la idea del paisaje serreño, que imagina verde y azul, suelo y cielo, con el perfil del Santuario surgiendo en las curvas, un eterno retorno a lo largo de la ruta, vibra el dorado de sus piedras cada vez más cerca, el perfil de la altísima imagen delante, las notas blancas de las casas del Cerro a su alrededor, y al fondo siempre el verde denso de los encinares y el cielo azul, el inconfundible e incomparable cielo primaveral que sirve de eterno telón de fondo al Santuario.
Pero sólo puede viajar con la imaginación al Cabezo. Al llegar al kilómetro cinco se ve ya Sierra Morena, que debe estar alegre, primaveral y bulliciosa en un sábado soleado como éste. Está seguro de que desde ese punto se ve el templo, pero nunca lo ha podido localizar. Después de mirar durante unos minutos el perfil de Villardompardo y volver una y otra vez la vista a la sierra, algo triste y cansado, se ha dado la vuelta y se encamina hacia el pueblo poco a poco, entre la inmensidad de los olivares que parecen ahora más grises, más fríos, ni siquiera un soplo leve de brisa mueve sus ramas, parece que el tiempo se ha detenido, pero no, las manecillas del reloj sigen girando, y en la sierra ya es primavera.
Un cofrade viajero.






